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Tomates, pepino y atún en aceite de oliva

Mi iPhone se pone a temblar todos los días a las seis de la mañana, soltando por sus altavoces un sonido de campanitas que hace que me despierte de forma casi instantánea. No soy de los de “cinco minutos más”. Son las seis, pues a levantarse. Desayuno fuerte, como siempre, me espera un día largo en la oficina. Repaso instintivamente mis lista de tareas para hoy, todo en orden. Me llevaré algo ligero para la hora del almuerzo y mi cena temprana será una buena ensalada. ¡Ups! espera, ¿tengo lo necesario para esta noche? Me dirijo a la cocina y abro la nevera, mmmm, faltan ingredientes básicos, sí, ese tomate que queda en la cesta ya está un poco “pocho”, no me vale, no veo pepino por ningún lado, el resto, creo que está todo. Veamos en la zona de las latas (ya sabes, detrás de la puerta grande encima del microondas). Pues tampoco hay atún, y mis ensaladas llevan atún. OK. Entonces necesito, tomates, pepino y latas de atún en aceite de oliva. Cojo mi iPhone, abro Wunderlist y en la “Lista de la compra” escribo estos tres ítems. Bueno, será una compra rápida.

Llego al trabajo a la 8:00, como siempre. Mi mesa limpia y sin papeles. Enciendo el ordenador, comienza la rutina de cada mañana de trabajo. Bendita rutina. Cómo me gusta. Reuniones, tareas, plazos, entregas, internet, periódicos digitales (¡cuánta publicidad! ¡cerrar, cerrar!), documentación, más reuniones, algunas risas, un par de cafés, un pequeño paseo para estirar las piernas, mucho iPhone y mucho iPad. La chica que conocí el viernes sigue sin contestarme a mi mensaje de WhatsApp. La doy por perdida ¡pero aún no tiene el doble check azul seguro que aún no lo ha visto!.

Y dan las cinco y media. ¡Hora de salir!. Recojo mis cosas, apago el ordenador, coloco la silla, apago la luz uy cierro el despacho. Despedidas, “hasta mañanas”, y algún beso “volao”.

Y ahora al supermercado, camino a casa, en el centro comercial más grande de la ciudad, me gusta ir siempre ahí. Me cruzo con los carteles enormes que hay siempre en la autopista, ya ni les hago caso. Ya en la ciudad compruebo que aún hay carteles de las pasadas elecciones que aún no han quitado. Aparco el coche y reviso de nuevo el iPhone, ¡a ver!, ah, sí “tomates, pepino y atún en aceite de oliva”. Antes de coger la cesta cierro Wunderlist. Me obligo a recordar, que me estoy quedando tonto con tanta tecnología, siempre me lo digo a mi mismo pero nunca me hago caso. “tomates, pepino y atún en aceite de oliva”, “tomates, pepino y atún en aceite de oliva”.

Ok, zona de frutas y verduras. Aquí va el tomate, el pepino está al lado. Dos de tres sobre la marcha. El atún está más allá. Pero espera. Entre las verduras y el atún está la zona de frío. Un hilera de neveras verticales, con sus puertas transparentes. Algo no me cuadra. Hay algo distinto. Una de las neveras tiene algo en su puerta. Muestra imágenes en movimiento. ¡Es una pantalla! ¡Mola! Pero además se ve el interior. Cerveza. La pantalla de esa nevera simula como si se llenara un vaso de cerveza, el efecto está muy bien conseguido, me acerco un poco más y compruebo que además tiene sonido, se oye un perfecto burbujear de la espuma de la cerveza. ¡Qué bien, me encanta este tipo de publicidad! De repente se quita la imagen de la cerveza, se queda la pantalla transparente. ¡Ah, eso era todo! Giro la cabeza hacia la zona de latas pero una musiquita vuelve a sonar. La pantalla comienza a sacar estrellas, fuegos artificiales, letras grandes, como los concursos de la tele. Y aparece una frase en grande. ¡Contesta a estas tres preguntas y llévate un pack de cervezas gratis! ¿Te atreves? Miro a mi alrededor. No hay nadie. Esta es la mía. Un gran botón rojo me dice “Vamos allá”. A lo tonto, llevo más de cinco minutos delante de la pantalla, primero viendo, y ahora terminando de contestar las preguntas, muy sencillas, muy visuales, algunas incluyen un vídeo. Cuando termino la tercera me aparece un código QR, me pide que le saque una foto y se lo enseñe a la persona que esté en la caja, con ese código, al comprar un pack de cervezas puedo llevarme otro de regalo. ¡Mira que bien! Así que cojo mis dos packs de cerveza y me dirijo a pagar. Le enseño mi código. Tomates, pepino y dos paks de cervezas, aunque en el ticket me aparece uno descontado. Desde le caja puedo ver aún la nevera, sigue mostrando imágenes, ahora solo veo medio nevera, ahora ya no la veo. Hay tres personas delante de ella. Todas sonríen. Todas abren la nevera. Les gusta. Me gusta. Le pregunto a la cajera por ese nuevo “Invento” y me dice que lo trajeron hace unos días, parece que se llama “IFridge”, y que está teniendo mucho éxito. No me extraña nada.

Llego al coche, vuelvo a coger el iPhone para “tachar” la lista de la compra en Wunderlist. Tomates, pepino y… ¡oh no!, el atún. Miro mi bolsa con las cervezas bien frías. No quiero dar la vuelta. La ensalada de esta noche no tendrá atún, pero irá acompañada por una de éstas. Las latas de atún siguen quedando pendientes en mi lista. Tendré que volver al supermercado en unos días. IFridge. Creo que mañana voy tener un buen tema de conversación en el café con los compañeros.

¡Tin, tin! Un mensaje de WhatsApp:

  • Celia: “Perdona que no te haya contestado antes, tuve un problema con la tarjeta del móvil.”
  • Celia: “Me encanta la idea de quedar. ¿Qué tal en tu casa? Yo llevo pizza y tu pones las cervezas ¿Ok?”
  • Yo: “;) Hecho, mañana a las 21:00 en mi casa, las cervezas ya están enfriándose.”

Lucas Ferrera

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